x Maite Ubiria
Egipto y Siria han acaparado los titulares de prensa y sacudido las conciencias en este agosto que confirma que todo está permitido para quienes, desde posiciones ideológicas en apariencia antagónicas, comparten el objetivo de aplastar por la fuerza las esperanzas depositadas por las masas populares árabes en una primavera que hoy se ve lejana.
La virulencia de estos dos conflictos es innegable, como evidente es que las responsabilidades en su estallido y desarrollo se conjugan en claves internas, tienen graves implicaciones regionales, pero también apuntan con el dedo a unas potencias internacionales que han convertido Oriente Medio en el cliente prioritario de sus industrias de armamento para, en determinadas coyunturas, previamente engrasadas por los medios de comunicación, lamentarse del uso que el comprador da a esos artilugios de muerte.
La petición cursada por medio centenar de países para que se esclarezca lo sucedido en el cruento ataque ocurrido el 21 de agosto en los alrededores de Damasco sería del todo pertinente si se dirigiera no ya, o no sólo, a las autoridades sirias sino a las fuerzas militares opositoras que ocupan la zona atacada y si entre ese grupo de países no figuraran buena parte de los suministradores de armas a una región que se desangra entre el afán de libertad y justicia social de sus pueblos y los intereses geoestratégicos, tan proclives a sacrificar los contenidos de la Declaración Universal de Derechos Humanos cuando se trata de repartirse el botín, entre otros, de los recursos energéticos.
Resulta imperativo por la gravedad de los hechos y por el aluvión de informaciones contradictorias, cuando no de burdas manipulaciones, esclarecer lo ocurrido, lo que no obvia para poner de manifiesto los intereses para nada inocentes que afloran tras ciertas peticiones de investigación.
Tras tales iniciativas aparecen gobiernos que, de acuerdo al informe de AI de 2011, firmaron contratos millonarios para la venta de armamento y/o asistencia militar a estados como Bahréin -que reprimió y reprime, sin mayor problema de conciencia para los occidentales, su brote primaveral-. Otros destinatarios de esas ventas en el mismo periodo 2005-2011 han sido Libia, Yemen, Egipto o Siria. Vendedores de armas apadrinan a uno u otro bando en la guerra de propaganda que acompaña a esta contienda.
Entre quienes lanzan el dedo acusador hacia Damasco figura, por descontado, el estado más militarizado de la región, Israel, con un amplio historial de crímenes en Palestina y que mira con un ojo hacia Siria pero sin perder nunca de vista al contrincante más deseado, Irán.
Las imágenes, de extrema crueldad, que nos llegan en los estertores veraniegos de una región que se abrasa desde hace demasiado tiempo en la guerra a fuego lento, pueden ser utilizadas para alentar respuestas desde la emoción. Pero hace tiempo que sabemos que pocas cosas son más manipulables que las emociones, como también nos resultan familiares las intenciones de quienes prefieren causar, consentir y gestionar -esto último siempre a destiempo- catástrofes humanitarias antes que favorecer procesos de emancipación que conviertan a los pueblos en protagonistas de su destino.
Las soflamas en favor de una intervención o respuesta inmediata deberían tener en cuenta la experiencia, ciertamente deficitaria en materia de derechos humanos y de promoción de un modelo democrático endógeno, que ofrecen las agresiones militares desarrolladas, ya por impulso de EEUU y sus adláteres atlantistas o con el paraguas de la ineficaz ONU, en Irak y Afganistán.
Aunque por aportar ejemplos más próximos en el tiempo se podría alertar sobre las prácticas de los gobiernos de sustitución -de escaso talante democrático- implantados en Libia y Túnez.
Las naciones árabes tienen derecho a proyectar su futuro en clave de justicia social y libertad, pero sobre todo no merecen que se les ofrezca como democracia la falsa disyuntiva de elegir entre dos alternativas -status quo/islamismo- que no cuestionan en lo fundamental la profunda injusticia que mantiene activada en la mayoría de esos países una bomba de relojería social.
A cuantos nos duelen las víctimas que -seguro que de modo efímero- la lupa mediática muestra en Egipto y Siria, pero también las que no ganan titulares en esa guerra del hambre que diezma en silencio a los países del Cuerno de África, nos toca invocar con fuerza la necesidad de trabajar por un orden internacional más igualitario, que respete la soberanía de las naciones, y promueva valores de solidaridad y ayuda mutua; de un sistema que desarme los conflictos con iniciativas políticas.
Cuando atruenan con más fuerza los tambores de guerra, es necesario mostrar la solidaridad con los pueblos egipcio y sirio, así como con el pueblo kurdo, gran olvidado de ésta como de anteriores sacudidas bélicas destinadas a quebrar el orden precario de Oriente Medio no para responder al clamor de justicia que recorre la región sino para hacerlo más maleable a las potencias extranjeras.
Es preciso construir ese nuevo modelo de relaciones internacionales pero esa tarea pendiente no es compatible con la promoción/imposición del modelo económico neoliberal y, por descontado, con intervenciones militares que obedecen a intereses externos y sólo contribuyen a instalar la idea de que es la fuerza y no la razón la que mueve el escenario político en Oriente Medio.
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