martes, 19 de noviembre de 2013

La escuela de la ignorancia

La «ley Wert» busca privar de libertad y de crítica a las personas susceptibles de ser educadas.

Jean-Claude Michéa, filósofo francés anticapitalista, en su libro «La escuela de la ignorancia» de 2002, deja patente y explícito qué se quiere o al menos qué se intenta desde políticas capitalistas neoliberales con respecto a la escuela. Los discursos oficialistas tienden a correlacionar problemas educativos con “falta de presupuesto”. Sin embargo, el problema es más profundo, más insidioso, más molesto de reconocer. No se trata de dinero, ni siquiera es válido el insustancial discurso de una “pérdida de valores” que nadie sabe qué significa. El problema de la educación, según Michéa, es una cuestión de diseño social, de decisión política consciente para evitar una Escuela de verdad.
Estando la «ley Wert» enmarcada en esa línea, sigamos, pues, al referido profesor y apliquemos su discurso.


En septiembre de 1995, «quinientos políticos, líderes económicos y científicos de primer orden que se consideraban a sí mismos la élite mundial, tuvieron que reunirse en el Hotel Fairmont de San Francisco para contrastar sus puntos de vista acerca del destino de la nueva civilización. El foro estuvo presidido por una voluntad de lograr la más estricta eficacia: (?) Los conferenciantes sólo disponen de cinco minutos para introducir el tema: ninguna intervención durante los debates debe sobrepasar los dos minutos.» Una vez definidos estos principios, los reunidos reconocen, como una evidencia que no merecía discusión, que «en el próximo siglo, dos décimas partes de la población activa serían suficientes para mantener la actividad de la economía mundial». Partiendo de bases tan sinceras, surgió el principal problema político al que el sistema capitalista se vería confrontado en las próximas décadas: ¿cómo podría la élite mundial mantener la gobernabilidad del ochenta por ciento de la humanidad sobrante, cuya inutilidad había sido programada por la lógica liberal?

La solución que acabó imponiéndose como la más razonable fue la propuesta por Zbigniew Brzezinski» con el nombre de «tittytainment». Con esta palabra-baúl se trataba simplemente de definir un «cóctel de entretenimiento embrutecedor y de alimento suficiente que permitiera mantener de buen humor a la población frustrada del planeta». Tal análisis, cínico y despreciativo, tiene la evidente ventaja de definir, con toda la claridad deseable, el pliego de condiciones que las élites mundiales asignan a la escuela del siglo XXI. Partiendo de este análisis, se puede deducir, con un mínimo margen de error, las formas a priori de toda reforma destinada a reconfigurar el aparato educativo según los únicos intereses políticos y financieros del capitalismo.

Si revisamos los textos e informes menos accesibles de la Comisión Europea, la OCDE o la European Round Table (uno de los lobbies europeos más discretos y eficaces), se descubren las primeras pistas. El capitalismo posmoderno ha iniciado el ajuste necesario entre la productividad y la educación. Todos los informes de los expertos señalan que la nueva economía exigirá pocos especialistas técnicos; la tecnología permite que unos pocos especialistas desarrollen los sistemas necesarios para el funcionamiento de la empresa. Por otra parte, los procesos de fusión empresarial reducen las ofertas de altos ejecutivos. Con otras palabras, cada vez más harán falta mejores profesionales, pero en cantidad más reducida.

A la larga, el sistema económico no podrá absorber una masa de ciudadanos bien preparados. La escuela de calidad es necesaria, pero para unos pocos. El resto del sistema educativo es mejor que no funcione. La conflictividad derivada de un sistema educativo generalizado y de alta calidad no podría ser soportada por el sistema económico, donde muchos individuos bien preparados deberían competir por muy pocos puestos de trabajo. Mejor dejarlo todo en manos del darviniano sistema de selección natural y que de un sistema educativo mediocre emerjan por sí mismos los pocos ejemplares excelentes que necesitará el sistema. La educación universal y de calidad no es un objetivo político. Estos argumentos no son política ficción, antes bien se desprenden de los documentos antes mencionados y corresponden a las elites económico-políticas de la globalización.
La lógica de estos objetivos es aplastante. Una de las consecuencias de “una escuela de la ignorancia” es la producción sistemática de consumidores inmaduros, otro de los engranajes necesarios para que la rueda de la globalización siga avanzando.

Dos claros campos educativos se dirimen en este panorama. Para el veinte por ciento escogido, la educación costosa, la transmisión de los saberes reales, así como el aprendizaje de los comportamientos cívicos; para el resto, sencillamente, no representan ningún interés para el sistema. De hecho, en ciertas circunstancias sociales, pueden llegar a suponer una amenaza para su seguridad. Obviamente, es en esta escuela para la mayoría donde deberá enseñarse la ignorancia en todas sus formas posibles. Ejemplo de lo dicho es el proyecto de la llamada «ley Wert». LOMCE.

El resumen es escalofriante:
    El sistema educativo que se está fraguando, con el beneplácito de las oligarquías financieras, el gobierno del Partido Popular y de la jerarquía eclesiástica será un sistema pobre y amoral en el que las masas (vistas como un peligro) serán lobotomizadas de su sentido crítico, porque estas oligarquías ven como una amenaza que las masas desarrollen inteligencia crítica. Prefieren gente con tendencia a creerse las explicaciones simplistas de las cosas.
    Las personas con mayor nivel de formación no quieren que el populacho tenga acceso a la educación de calidad y empiece a competir por los puestos de trabajo antaño reservados a los hijos de padres adinerados que podían costearse la educación.
    Interesa producir consumidores hedonistas e inmaduros que no traten de atentar contra la jerarquía establecida. Yo creo que es cierta la cita de Jacques Attali respecto de que subsiste una herencia cultural originaria de la edad de las hambrunas, que tiene tendencia a tratarlo todo como un recurso limitado. Una mentalidad propia de cuando había que racionar el pan y el aceite, y, más tarde, el espectro radioeléctrico. Este paradigma percibe los puestos de trabajo como algo limitado, cuando en realidad se pueden crear más, percibe el conocimiento como algo "a repartir" a pesar de los antaño inimaginables progresos de los últimos siglos. Dicen que hasta la honra perciben como algo limitado, por aquello que a menos honroso que seas tú, más lo seré, comparativamente, yo mismo, y por eso hacen campañas políticas basadas sólo en descalificar al otro.

Los intentos (más que evidentes por doquier) por manipular y controlar la cultura son un crimen, porque robándole a la gente su juicio crítico se les priva de la libertad, de la misma libertad que ha costado milenios y ríos de sangre.


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