La «ley Wert» busca privar de libertad y de crítica a las personas
susceptibles de ser educadas.
Jean-Claude
Michéa, filósofo francés anticapitalista, en su libro «La escuela de la
ignorancia» de 2002, deja patente y explícito qué se quiere o al menos qué se
intenta desde políticas capitalistas neoliberales con respecto a la escuela. Los discursos oficialistas tienden a correlacionar problemas educativos con
“falta de presupuesto”. Sin embargo, el problema es más profundo, más
insidioso, más molesto de reconocer. No se trata de dinero, ni siquiera es
válido el insustancial discurso de una “pérdida de valores” que nadie sabe qué
significa. El problema de la educación, según Michéa, es una cuestión de diseño
social, de decisión política consciente para evitar una Escuela de verdad.
Estando la
«ley Wert» enmarcada en esa línea, sigamos, pues, al referido profesor y
apliquemos su discurso.
En septiembre
de 1995, «quinientos políticos, líderes económicos y científicos de primer
orden que se consideraban a sí mismos la élite mundial, tuvieron que reunirse
en el Hotel Fairmont de San Francisco para contrastar sus puntos de vista
acerca del destino de la nueva civilización. El foro estuvo presidido por una
voluntad de lograr la más estricta eficacia: (?) Los conferenciantes sólo
disponen de cinco minutos para introducir el tema: ninguna intervención durante
los debates debe sobrepasar los dos minutos.» Una vez definidos estos
principios, los reunidos reconocen, como una evidencia que no merecía
discusión, que «en el próximo siglo, dos décimas partes de la población activa
serían suficientes para mantener la actividad de la economía mundial».
Partiendo de bases tan sinceras, surgió el principal problema político al que
el sistema capitalista se vería confrontado en las próximas décadas: ¿cómo
podría la élite mundial mantener la gobernabilidad del ochenta por ciento de la
humanidad sobrante, cuya inutilidad había sido programada por la lógica
liberal?
La solución que acabó imponiéndose como
la más razonable fue la propuesta por Zbigniew Brzezinski» con el nombre de
«tittytainment». Con esta palabra-baúl se trataba simplemente de definir un
«cóctel de entretenimiento embrutecedor y de alimento suficiente que permitiera
mantener de buen humor a la población frustrada del planeta». Tal análisis,
cínico y despreciativo, tiene la evidente ventaja de definir, con toda la
claridad deseable, el pliego de condiciones que las élites mundiales asignan a
la escuela del siglo XXI. Partiendo de este análisis, se puede deducir, con un
mínimo margen de error, las formas a priori de toda reforma destinada a reconfigurar
el aparato educativo según los únicos intereses políticos y financieros del
capitalismo.
Si revisamos los textos e informes menos
accesibles de la Comisión Europea, la OCDE o la European Round Table (uno de
los lobbies europeos más discretos y eficaces), se descubren las primeras
pistas. El capitalismo posmoderno ha iniciado el ajuste necesario entre la
productividad y la educación. Todos los informes de los expertos señalan que la
nueva economía exigirá pocos especialistas técnicos; la tecnología permite que
unos pocos especialistas desarrollen los sistemas necesarios para el
funcionamiento de la empresa. Por otra parte, los procesos de fusión
empresarial reducen las ofertas de altos ejecutivos. Con otras palabras, cada
vez más harán falta mejores profesionales, pero en cantidad más reducida.
A la larga, el sistema económico no
podrá absorber una masa de ciudadanos bien preparados. La escuela de calidad es
necesaria, pero para unos pocos. El resto del sistema educativo es mejor que no
funcione. La conflictividad derivada de un sistema educativo generalizado y de
alta calidad no podría ser soportada por el sistema económico, donde muchos
individuos bien preparados deberían competir por muy pocos puestos de trabajo.
Mejor dejarlo todo en manos del darviniano sistema de selección natural y que
de un sistema educativo mediocre emerjan por sí mismos los pocos ejemplares
excelentes que necesitará el sistema. La educación universal y de calidad no es
un objetivo político. Estos argumentos no son política ficción, antes bien se
desprenden de los documentos antes mencionados y corresponden a las elites
económico-políticas de la globalización.
La lógica de estos objetivos es
aplastante. Una de las consecuencias de “una escuela de la ignorancia” es la
producción sistemática de consumidores inmaduros, otro de los engranajes
necesarios para que la rueda de la globalización siga avanzando.
Dos claros campos educativos se dirimen
en este panorama. Para el veinte por ciento escogido, la educación costosa, la
transmisión de los saberes reales, así como el aprendizaje de los
comportamientos cívicos; para el resto, sencillamente, no representan ningún
interés para el sistema. De hecho, en ciertas circunstancias sociales, pueden
llegar a suponer una amenaza para su seguridad. Obviamente, es en esta escuela
para la mayoría donde deberá enseñarse la ignorancia en todas sus formas
posibles. Ejemplo de lo dicho es el proyecto de la llamada «ley Wert». LOMCE.
El resumen es
escalofriante:
•
El sistema educativo que se está fraguando, con el beneplácito de las oligarquías financieras,
el gobierno del Partido Popular y de la jerarquía eclesiástica será un sistema
pobre y amoral en el que las masas (vistas como un peligro) serán lobotomizadas
de su sentido crítico, porque estas oligarquías ven como una
amenaza que las masas desarrollen inteligencia crítica. Prefieren gente con
tendencia a creerse las explicaciones simplistas de las cosas.
•
Las personas con mayor nivel de
formación no quieren que el populacho tenga acceso a la educación de calidad y
empiece a competir por los puestos de trabajo antaño reservados a los hijos de
padres adinerados que podían costearse la educación.
•
Interesa producir consumidores
hedonistas e inmaduros que no traten de atentar contra la jerarquía
establecida. Yo creo que es cierta la cita de Jacques Attali respecto de que
subsiste una herencia cultural originaria de la edad de las hambrunas, que
tiene tendencia a tratarlo todo como un recurso limitado. Una mentalidad propia
de cuando había que racionar el pan y el aceite, y, más tarde, el espectro
radioeléctrico. Este paradigma percibe los puestos de trabajo como algo
limitado, cuando en realidad se pueden crear más, percibe el conocimiento como
algo "a repartir" a pesar de los antaño inimaginables progresos de
los últimos siglos. Dicen que hasta la honra perciben como algo limitado, por
aquello que a menos honroso que seas tú, más lo seré, comparativamente, yo
mismo, y por eso hacen campañas políticas basadas sólo en descalificar al otro.
Los intentos (más que evidentes por
doquier) por manipular y controlar la cultura son un crimen, porque robándole a
la gente su juicio crítico se les priva de la libertad, de la misma libertad
que ha costado milenios y ríos de sangre.
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